Inglaterra, siglo XIII. Las fuerzas del Mal ejercen su
reinado en la Edad Media. Valerosos caballeros se disponen a entrar en desigual
batalla, mientras los atemorizados campesinos se refugian tras los muros del
castillo. Todo cambia con la inesperada llegada de un nuevo héroe llamado Ash (Bruce
Campbell) provisto de sofisticadas armas y que dice provenir del siglo
XX.
Algunos directores tienen la suerte de tener una musa, un
actor con el que colaboran tan fácil e intuitivamente que eleva su trabajo a un
nivel más alto que cualquiera de los dos podría lograr solo. Scorsese
tiene a De Niro, Edgar Wright tiene a Simon
Pegg, con Nick Frost como un plus añadido. El ying y el
yang del director y el actor rara vez están tan intrínsecamente vinculados o
tan hilarantemente abusivos como entre Sam Raimi y Bruce
Campbell. Si alguien necesita un ejemplo de cómo una gran colaboración
puede salvar una película, no busques más allá de la segunda secuela de la
serie POSESION INFERNAL titulada EL EJERCITO DE
LAS TINIEBLAS (1992). Porque nadie
podría haber logrado este tipo de ambición absurda mejor que este dueto.