Como fan de los slashers de los 80 –esos con sustos predecibles, personajes estereotipados y un encanto cutre que acababa siendo entrañable– me acuerdo de haber alquilado en VHS la película de EL ASESINO DE LOVER LANE (2000), dirigida por Jon Steven Ward. La idea pintaba bien: un asesino con garfio, una leyenda urbana de fondo y un grupo de adolescentes en peligro. Sin embargo, lo que podría haber sido un homenaje divertido al género se queda en un producto flojo y aburrido, con un guion torpe, actuaciones discretas y una producción tan barata que cuesta tomársela en serio en algún momento.
En el día de San Valentín, dos jóvenes fueron brutalmente asesinados en Lover Lane. El asesino, un maníaco que desgarraba a sus víctimas con un garfio, fue arrestado y trasladado a un hospital psiquiátrico para cumplir su condena. Los asesinatos de Lover Lane, conmocionaron a toda la ciudad, no sólo por la crueldad del crimen sino por que los jóvenes amantes estaban casados y se había descubierto sus infidelidades. Trece años después, en el día de San Valentín, el asesino ha conseguido escapar. En su mente sólo hay un pensamiento: matar. En Lover Lane no hay sitio para el amor… sólo para el miedo.


