Como fan de los slashers de los 80 –esos con sustos predecibles, personajes estereotipados y un encanto cutre que acababa siendo entrañable– me acuerdo de haber alquilado en VHS la película de EL ASESINO DE LOVER LANE (2000), dirigida por Jon Steven Ward. La idea pintaba bien: un asesino con garfio, una leyenda urbana de fondo y un grupo de adolescentes en peligro. Sin embargo, lo que podría haber sido un homenaje divertido al género se queda en un producto flojo y aburrido, con un guion torpe, actuaciones discretas y una producción tan barata que cuesta tomársela en serio en algún momento.
En el día de San Valentín, dos jóvenes fueron brutalmente asesinados en Lover Lane. El asesino, un maníaco que desgarraba a sus víctimas con un garfio, fue arrestado y trasladado a un hospital psiquiátrico para cumplir su condena. Los asesinatos de Lover Lane, conmocionaron a toda la ciudad, no sólo por la crueldad del crimen sino por que los jóvenes amantes estaban casados y se había descubierto sus infidelidades. Trece años después, en el día de San Valentín, el asesino ha conseguido escapar. En su mente sólo hay un pensamiento: matar. En Lover Lane no hay sitio para el amor… sólo para el miedo.
Lo único que brilla aquí es Anna Faris en su debut en un largometraje. Aunque aparece en un papel secundario como animadora, roba cada escena en la que sale. Tiene un carisma natural y una chispa que destaca sobre el resto del reparto, que se siente plano y sin vida. Viéndola, es fácil entender por qué poco después triunfó con SCARY MOVIE (2000). Faris aporta el único momento de frescura y humor a una película que, sin ella, sería todavía más olvidable.
Por lo demás, todo naufraga. El guion está lleno de diálogos ridículos y giros que no sorprenden a nadie. Los personajes son tan estereotipados que cuesta empatizar con ellos, y la supuesta “final girl” (Mandy) no transmite ni la fuerza ni el magnetismo que debería tener. La dirección es caótica: escenas mal iluminadas, asesinatos casi siempre fuera de pantalla y una edición que corta de golpe sin sentido. Para un slasher, la falta de gore es otro fallo imperdonable: no hay tensión ni espectáculo.
A nivel técnico, se nota el presupuesto mínimo. La fotografía es granulosa, la iluminación pésima y la música parece sacada de un banco genérico de sintetizadores. En comparación con otros slashers de los 90, como SCREAM (1996), SE LO QUE HICISTEIS EL ULTIMO VERANO (1997) o CHERRY FALLS (1999) que sabían reírse de sí mismos y darle la vuelta al género, EL ASESINO DE LOVER LANE parece una película que mezcla las tres anteriores pero perdida en el tiempo, sin ningún tipo de identidad propia.
En definitiva y resumiendo: EL ASESINO DE LOVER LANE en su momento pasó sin pena ni gloria, estrenándose solo en algún festival menor y directamente en VHS. Hoy se recuerda únicamente como curiosidad por ser la primera película de Anna Faris. El largometraje es un slasher que falla en casi todo: cliché, mal rodado y sin chispa. No aprovecha una buena premisa, y que solo recomendaría a los fetichistas del genero, advirtiendo de que no me echen la culpa de la perdida de 90 minutos de su vida.
Tenemos a la chica tímida (Mandy), la popular (Chloe), el chulo del grupo (Michael)… todos los clichés del género puestos en fila. El problema no es la fórmula, sino lo mal ejecutada que está. Ni las persecuciones ni las muertes generan tensión real (con muy poca violencia grafica) y muchas escenas parecen improvisadas o directamente mal filmadas. Más que miedo, lo que provoca a veces es risa o directamente el tedio absoluto.
Lo único que brilla aquí es Anna Faris en su debut en un largometraje. Aunque aparece en un papel secundario como animadora, roba cada escena en la que sale. Tiene un carisma natural y una chispa que destaca sobre el resto del reparto, que se siente plano y sin vida. Viéndola, es fácil entender por qué poco después triunfó con SCARY MOVIE (2000). Faris aporta el único momento de frescura y humor a una película que, sin ella, sería todavía más olvidable.
Por lo demás, todo naufraga. El guion está lleno de diálogos ridículos y giros que no sorprenden a nadie. Los personajes son tan estereotipados que cuesta empatizar con ellos, y la supuesta “final girl” (Mandy) no transmite ni la fuerza ni el magnetismo que debería tener. La dirección es caótica: escenas mal iluminadas, asesinatos casi siempre fuera de pantalla y una edición que corta de golpe sin sentido. Para un slasher, la falta de gore es otro fallo imperdonable: no hay tensión ni espectáculo.
A nivel técnico, se nota el presupuesto mínimo. La fotografía es granulosa, la iluminación pésima y la música parece sacada de un banco genérico de sintetizadores. En comparación con otros slashers de los 90, como SCREAM (1996), SE LO QUE HICISTEIS EL ULTIMO VERANO (1997) o CHERRY FALLS (1999) que sabían reírse de sí mismos y darle la vuelta al género, EL ASESINO DE LOVER LANE parece una película que mezcla las tres anteriores pero perdida en el tiempo, sin ningún tipo de identidad propia.
En definitiva y resumiendo: EL ASESINO DE LOVER LANE en su momento pasó sin pena ni gloria, estrenándose solo en algún festival menor y directamente en VHS. Hoy se recuerda únicamente como curiosidad por ser la primera película de Anna Faris. El largometraje es un slasher que falla en casi todo: cliché, mal rodado y sin chispa. No aprovecha una buena premisa, y que solo recomendaría a los fetichistas del genero, advirtiendo de que no me echen la culpa de la perdida de 90 minutos de su vida.




