Ramayana: El nacimiento de una leyenda (2026)

Existen películas que consiguen que olvidemos sus defectos gracias a la fuerza de sus imágenes. RAMAYANA: EL NACIMIENTO DE UNA LEYENDA, la ambiciosa adaptación de Nitesh Tiwari de una de las grandes epopeyas de la cultura india, consigue justo lo contrario: cuanto más intenta impresionarnos, más evidentes se vuelven sus carencias. Tiene un gran presupuesto, efectos digitales y una historia con un potencial dramático enorme, pero le cuesta encontrar la emoción que debería sostener semejante espectáculo. En medio de este despliegue, Yash emerge como el villano principal cuyo nombrer es Ravana y ofrece la interpretación más interesante del conjunto. El resto, por desgracia, no está a la misma altura.

Rama es el más grande de todos los tiempos porque vivió una vida en la que las decisiones que tomó fueron siempre en beneficio del bien mayor, del deber por encima del deseo y del sacrificio por encima del yo. Su legado sigue mejorando y fortaleciendo a la humanidad a lo largo del tiempo y aportando la creencia en la bondad del espíritu humano para resolver todos los conflictos y traer la paz al mundo.

Nitesh Tiwari adapta la historia de Rama, Sita y Ravana con una puesta en escena que busca constantemente la espectacularidad. Los escenarios son enormes, los enfrentamientos tienen una escala considerable y los efectos digitales ocupan buena parte del metraje. No cuesta reconocer el esfuerzo por convertir esta epopeya en un acontecimiento internacional. Lo que cuesta más es conectar con los personajes. La película pasa tanto tiempo construyendo imágenes monumentales que apenas deja espacio para que sus conflictos tengan el peso emocional que necesitan. Yash, por suerte, entiende perfectamente dónde está la oportunidad. Su Ravana tiene una presencia que los demás personajes rara vez consiguen igualar. Hay autoridad en su manera de moverse, en sus miradas y en la forma de ocupar el encuadre. No necesita exagerar cada gesto para imponer respeto. Cuando aparece, la película gana tensión y uno empieza a prestar atención a lo que sucede, algo que no siempre me ocurre durante el resto del relato.


Lo mejor de su trabajo es que no convierte a Ravana en una figura interesante únicamente por su aspecto amenazador. Yash le aporta orgullo y carácter, y consigue que queramos saber más de él incluso cuando el guion no profundiza todo lo que debería. Su interpretación tiene personalidad; no parece que esté cumpliendo simplemente con la obligación de representar a un gran villano de una epopeya. De hecho, terminé bastante más interesado en Ravana que en el héroe al que debe enfrentarse. No es poca cosa en una película que gira alrededor de Rama. 

Ranbir Kapoor me deja sensaciones muy distintas. Su interpretación apuesta por la serenidad, algo lógico para un personaje como Rama, pero esa contención no siempre funciona. En bastantes escenas echo en falta una emoción más visible, una reacción que permita comprender qué le está costando al personaje afrontar lo que sucede. La corrección termina convirtiéndose en distancia, y me cuesta encontrar en su trabajo la fuerza necesaria para sostener el centro de la historia. Con Sai Pallavi me pasa algo parecido. Tiene una presencia delicada y encaja visualmente en el universo de la película, pero su Sita no termina de adquirir el peso dramático que esperaba y el nivel actoral es bastante plano. Tampoco encuentro demasiada química entre los personajes principales. El reparto parece demasiado pendiente de mantener la solemnidad de la epopeya, como si expresar emociones de manera más espontánea pudiera romper la majestuosidad de las imágenes. El resultado es un conjunto de interpretaciones bastante planas, con diálogos que no siempre ayudan y escenas que deberían conmover mucho más de lo que lo hacen. La parte visual tiene momentos que funcionan gratamente, pero también pueden acabar cansando al espectador. Los efectos digitales buscan una perfección constante y, en ocasiones, los escenarios parecen fondos creados para una demostración tecnológica. Echo de menos suciedad, textura y una sensación más palpable de que esos personajes habitan un mundo real dentro de la fantasía. La música de Hans Zimmer y A. R. Rahman intenta elevar el tono épico, aunque la solemnidad se vuelve tan insistente que termina produciendo el efecto contrario: llega un momento en que todo parece importante, y por eso mismo cuesta distinguir qué lo es de verdad.


Mi mayor decepción como espectador, sin embargo, está en la identidad de la película. RAMAYANA parece mirar continuamente hacia Hollywood y Europa, desde el acabado visual hasta la forma de presentar sus grandes secuencias. No tengo ningún problema con que el cine indio aspire a conquistar nuevos mercados; lo que me desconcierta es que parezca tan preocupado por demostrar que puede hacer lo mismo que las grandes superproducciones estadounidenses. La tradición cinematográfica india tiene una personalidad propia y única, con una expresividad, una relación con el melodrama y una manera de mezclar emoción y espectáculo que no necesita esconderse para resultar universal. No digo que una adaptación del Ramayana tenga que incluir canciones o reproducir fórmulas del cine masala indio para ser auténtica. Pero sí esperaba una mirada más personal, menos subordinada a un modelo que ya conocemos. Aquí, demasiadas decisiones parecen destinadas a conseguir que admiremos la producción siendo un extranjero, no a que sintamos que estamos ante una interpretación singular de esta historia.


En definitiva y resumiendo: RAMAYANA: EL NACIMIENTO DE LA LEYENDA no me parece una película desastrosa, pero sí una decepción para todo lo que prometía. Hay imágenes potentes y Yash ofrece una interpretación que merece reconocimiento, aunque el resto del reparto no consigue darle al relato la vida que necesita. Me quedo con la sensación de que han puesto muchísimo esfuerzo en construir una epopeya gigantesca y bastante menos en hacer que sus personajes nos importen. Y lo más frustrante es que, intentando parecer una superproducción de Hollywood, RAMAYANA acaba dejando en segundo plano aquello que podría haberla hecho diferente y mas interesante. Aparte recordar que este largometraje es solo la primera parte de la epopeya y que durante los créditos se anuncio que la secuela se estrenara en el año 2028, y no 2027, como estaba pensado originalmente.