Hay películas que se disfrutan mientras duran y se evaporan poco después de los créditos finales. EL BOTÍN (2026) pertenece claramente a esa categoría. No es un mal thriller, ni mucho menos, pero tampoco es ese golpe sobre la mesa que su reparto y su premisa parecían prometer. Joe Carnahan vuelve al terreno del cine policiaco con una historia de corrupción, lealtades frágiles y decisiones morales cuestionables, pero lo hace con el freno de mano puesto, sin terminar de lanzarse al abismo que su propio planteamiento sugiere.
La confianza de un grupo de policías de Miami comienza a resquebrajarse después de descubrir millones de dólares en efectivo en un escondite abandonado. A medida que fuerzas externas se enteran del tamaño de la incautación, todo se pone en duda, incluso en quién pueden confiar.
La premisa es atractiva desde el minuto uno: un grupo de policías de Miami se topa con una enorme suma de dinero en efectivo, y lo que debería ser un procedimiento rutinario se convierte en un juego peligroso de desconfianza y ambición. Ese punto de partida, que tantas veces ha dado grandes thrillers, aquí funciona… a medias. EL BOTÍN sabe cómo engancharte al inicio, cómo sembrar la duda entre personajes y cómo crear una tensión básica, pero le cuesta mantenerla viva durante todo el metraje. Uno de los grandes atractivos de la película es, sin duda, el reencuentro de Matt Damon y Ben Affleck. Su química sigue intacta y se nota que hay historia, no solo entre los personajes, sino entre los propios actores. Cuando la película se detiene a observarlos, a dejar que hablen y se enfrenten verbalmente, el largometraje gana enteros. En esos momentos, el filme recuerda por qué este tipo de thrillers funcionan: no por los tiros o las persecuciones, sino por las miradas, las dudas y las decisiones que se toman en silencio.
El problema es que la película no siempre confía en eso. A menudo parece debatirse entre ser un thriller de acción convencional y un drama moral más reflexivo. Y en ese tira y afloja, acaba quedándose en tierra de nadie. Carnahan sabe rodar acción, eso es indiscutible, pero aquí sus secuencias más físicas no resultan especialmente memorables. Cumplen su función, mantienen el ritmo, pero rara vez elevan la historia o la empujan hacia algo más intenso. A nivel visual, la película es correcta, incluso elegante por momentos. Miami aparece como un espacio cálido pero hostil, donde la corrupción parece formar parte del paisaje. La fotografía acompaña bien ese clima de sospecha constante, aunque sin una personalidad visual que haga la película reconocible más allá de los códigos habituales del género. Todo está bien colocado, todo funciona, pero nada sorprende realmente.
El reparto secundario aporta matices interesantes, especialmente Steven Yeun y Teyana Taylor, aunque sus personajes no siempre tienen el desarrollo que merecen. Da la sensación de que la película introduce conflictos y arcos que podrían haber sido más ricos, pero que se quedan a medio camino, como si el guion tuviera prisa por avanzar sin detenerse a profundizar. Es una constante en EL BOTÍN: plantea ideas sugerentes, pero rara vez se atreve a exprimirlas del todo. Donde la película más flojea es en su discurso. La historia habla de corrupción, de la delgada línea entre hacer lo correcto y aprovechar la oportunidad, pero lo hace de manera bastante conservadora. No incomoda, no provoca, no deja demasiado poso una vez termina. Todo se resuelve de forma funcional, correcta, pero sin ese golpe emocional o moral que podría haberla convertido en algo más que un entretenimiento sólido.
En definitiva y resumiendo: EL BOTÍN se disfruta mientras está en pantalla. un thriller competente, bien interpretado y fácil de ver, ideal para una noche sin demasiadas expectativas, pero lejos de convertirse en una referencia del género o en una obra realmente memorable. Una de esas películas que ves, comentas un par de escenas… y sigues adelante.



