MARDAANI 2 (2019) no es una secuela que busque agradar ni repetir fórmulas de éxito. Desde el primer momento deja claro que su objetivo no es el entretenimiento ligero, sino la incomodidad. Gopi Puthran construye un thriller seco, tenso y deliberadamente áspero, que utiliza el cine policial como herramienta para hablar de algo mucho más amplio: la violencia sexual, su normalización social y el fracaso colectivo a la hora de prevenirla.
Shivani Shivaji Roy lucha contra la encarnación del diablo, un implacable asesino en serie que viola y mata a mujeres jóvenes.
La película avanza sin rodeos. No hay prólogos innecesarios ni sub-tramas pensadas para suavizar el golpe. MARDAANI 2 entra en materia con una frialdad casi documental, obligando al espectador a enfrentarse a una realidad que preferiría no mirar. Y lo hace sin recrearse en el morbo: la violencia no se explota visualmente, pero su peso está presente en cada decisión narrativa, en cada silencio incómodo.
La actriz Rani Mukerji regresa como Shivani Shivaji Roy, y su trabajo vuelve a ser el principal sostén del film. Lejos de cualquier idealización heroica, Mukerji interpreta a una policía cansada, endurecida por la experiencia, que ya no cree en discursos grandilocuentes ni en finales limpios. Su Shivani no levanta la voz porque no lo necesita: su autoridad nace de la convicción y del hartazgo. Es una interpretación basada en la contención, en las miradas largas y en una tensión constante que transmite la sensación de estar siempre al límite. Mukerji dota al personaje de una humanidad muy reconocible. No es una figura perfecta ni un símbolo abstracto de justicia, sino alguien que carga con el peso de un sistema que llega tarde y mal. En sus gestos hay frustración, rabia y una determinación que no nace del orgullo, sino de la responsabilidad. Es fácil creer en ella porque no se presenta como una salvadora, sino como alguien que hace su trabajo aun sabiendo que el daño ya está hecho.
Frente a ella, Vishal Jethwa ofrece una de las interpretaciones más perturbadoras del cine comercial indio reciente. Su villano no busca resultar carismático ni fascinante, y ahí está uno de los grandes aciertos del film. Jethwa compone un antagonista frío, calculador y profundamente inquietante, no por lo que grita, sino por lo que calla. Su violencia no nace del arrebato, sino de una convicción torcida, aprendida y reforzada por un entorno que nunca le puso freno. El personaje funciona más como síntoma que como individuo. El Largometraje deja claro que no estamos ante un monstruo aislado, sino ante el producto de una educación fallida y de una sociedad que ha mirado hacia otro lado durante demasiado tiempo. Jethwa entiende esto y evita cualquier exceso interpretativo. Su actuación es contenida, casi incómodamente tranquila, lo que hace que sus escenas resulten aún más perturbadoras.
La película insiste mucho en este punto, quizá en exceso. En su empeño por dejar claro el mensaje, el guion subraya algunas ideas más de lo necesario, sacrificando cierta sutileza narrativa. Hay momentos en los que el discurso pesa más que la historia, y el thriller pierde algo de naturalidad. Aun así, la intención es clara y coherente con el tono general de la obra. Visualmente, MARDAANI 2 opta por una puesta en escena sobria y funcional. No hay estilización gratuita ni escenas diseñadas para el lucimiento. La cámara observa, acompaña y, en muchos momentos, parece mantener una distancia ética respecto a lo que muestra. La música aparece con moderación, reforzando la tensión sin manipular emocionalmente al espectador. El tramo final es efectivo, aunque previsible. El enfrentamiento definitivo cumple con lo esperado, pero no sorprende. La película opta por un cierre claro y contundente, dejando la sensación de que podría haber sido más incómoda y menos reconfortante. Aun así, el impacto emocional se mantiene hasta el final, incluyendo durante los créditos finales, datos reales sobre el abuso de las mujeres en India, unos datos que dan escalofríos.
En definitiva y resumiendo: MAARDANI 2 es un thriller duro, honesto y necesario, que utiliza el cine comercial para hablar de un problema real sin edulcorarlo. No es una película perfecta y a veces subraya demasiado su mensaje, pero su tono serio, el trabajo de Rani Mukerji y la inquietante interpretación de Vishal Jethwa la convierten en una propuesta sólida, valiente y difícil de olvidar.




