Míster Video: La marca del fuego (1915)

 

En los primeros años de la década de 1910, cuando el cine aun no tenia reglas establecidas, LA MARCA DEL FUEGO (1915) se alzó como una obra de transición y de ruptura. Dirigida por Cecil B. DeMille para la Jesse L. Lasky Feature Play Company (futura Paramount), fue uno de los primeros largometrajes estadounidenses que demostró que el cine podía ser algo más que entretenimiento barato: podía ser arte sofisticado, perturbador y ambiguo. La película marcó un antes y un después en el uso del lenguaje visual, la iluminación expresiva y la narrativa adulta, anticipando muchos de los recursos que luego asociaríamos al cine clásico

Richard, un broker de Wall Street, tiene que soportar que su esposa Edith despilfarre el dinero en caprichos. A tal efecto, Edith llega a emplear dinero de un fondo benéfico para invertir en bolsa por su cuenta, con pésimos resultados. Para restituir ese dinero acude a pedir un préstamo a un oriental de dudosa ética.

Fannie Ward, actriz de teatro de más de cuarenta años que aparentaba bastantes menos, ofrece una interpretación que hoy se percibe como histriónica pero fascinante. Su Edith no es una víctima pura ni una femme fatale calculadora: es una mujer frívola, atrapada entre el deseo de lujo y el pánico a las consecuencias. Sus gestos exagerados, sus desmayos teatrales y sus ojos desorbitados pertenecen al estilo interpretativo de la época, pero hay momentos en que su terror parece auténtico y brutal. Sessue Hayakawa, por su parte, construye uno de los personajes más complejos y magnéticos del cine mudo temprano. Su Tori no es el villano asiático caricaturesco habitual en 1915; es un hombre refinado, herido en su orgullo, que ejerce poder con una mezcla de cortesía y violencia contenida. Su mera presencia —elegante, inmóvil, con esa mirada que atraviesa la pantalla— convierte la película en algo incómodamente moderno.


DeMille filma con la audacia de quien sabe que está rompiendo moldes. La cámara, limitada por la tecnología de la época, se permite movimientos sutiles y, sobre todo, una iluminación dramática que anticipa el expresionismo. Las famosas secuencias de sombras japonesas, el primer plano del hierro candente acercándose a la piel de Edith: todo eso convirtió a LA MARCA DE FUEGO en un manual de estilo para generaciones posteriores. La marca en el hombro, mostrada sin pudor, fue tan impactante que provocó protestas de la comunidad japonesa en Estados Unidos (tanto que en la re-edición de 1918 cambiaron al villano por un “birmano” llamado Haka Arakau). Ese racismo latente, hoy evidente y perturbador, forma parte inseparable del texto: la película utiliza el exotismo asiático como metáfora del deseo prohibido y la amenaza sexual.


La obra pertenece al periodo pre-censura absoluta, lo que permite mostrar adulterio sugerido, sadismo erótico, violencia gráfica y una ambigüedad moral que deja al espectador sin redención fácil en una catarsis colectiva que hoy resulta profundamente incómoda. Técnicamente, LA MARCA DE FUEGO arrastra las limitaciones del cine de 1915: intertítulos excesivos, actuación teatral, ritmo irregular y una copia conservada que sufre saltos y deterioro. Algunas secuencias se sienten estáticas, más cercanas al melodrama de escenario que al cine puro, y el desenlace judicial roza lo inverosímil con unas trazas de racismo bastante polémicos. Sin embargo, bajo esa aparente torpeza late una tensión erótica y social que sigue siendo poderosa. Cada sombra, cada primer plano de Hayakawa, parece contener una amenaza no dicha. El reparto secundario cumple su función sin brillar especialmente. Jack Dean, como el marido cornudo, es funcional pero olvidable; los personajes de sociedad son meros muñecos narrativos. Todo gira en torno al duelo Ward-Hayakawa, y ahí la película gana.


En definitiva y resumiendo: LA MARCA DE FUEGO perdura por su audacia formal y su carga perturbadora. Más allá de sus defectos técnicos y de su racismo estructural, hay en ella una energía salvaje que conmociona. Su mezcla de sofisticación visual y moralidad dudosa refleja un tiempo en que el cine aún estaba aprendiendo a mirar sin pudor. Sessue Hayakawa, con su presencia magnética y trágica, encarna esa transición: un actor que se atrevió a ser deseado y temido cuando Hollywood apenas aprendía a mostrar el lado oscuro del deseo. Nos recuerda que el cine, incluso en sus titubeos iniciales, podía capturar las contradicciones más brutales del ser humano: la codicia, el poder, el racismo y la marca imborrable del placer prohibido en una época que se despedía de la inocencia victoriana para siempre. Obra clave del cine mudo temprano, visualmente revolucionaria, pero lastrada por su racismo explícito, su actuación teatral y un final moralmente cuestionable. Imprescindible para entender la evolución del lenguaje cinematográfico, incómoda de ver hoy en día.