La leyenda de Ochi (2025)

 

LA LEYENDA DE OCHI es una de esas películas que entran por los ojos desde el primer minuto y que, poco a poco, van perdiendo fuerza a medida que avanzan. No porque esté mal hecha —todo lo contrario—, sino porque parece confiar demasiado en su envoltorio visual y no lo suficiente en lo que ocurre dentro. Hay imaginación, sensibilidad y una apuesta clara por lo artesanal, pero también una narrativa que nunca termina de agarrarte del todo.

En una aldea remota de la isla de Carpatia, Yuri, una tímida campesina, es criada con el miedo a una especie animal esquiva llamada ochi. Pero cuando Yuri descubre que han abandonado a un bebé ochi herido, emprende una misión para traerlo a casa.

La historia es sencilla y deliberadamente clásica. No es difícil ver aquí los ecos de E.T. (1982) o incluso MI VECINO TOTORO (1988). El problema no es la referencia, sino que la película nunca logra dar un paso más allá de ellas. Donde la película realmente destaca es en su construcción de mundo. Hay un cuidado evidente por los escenarios, la atmósfera y la textura visual. Los paisajes naturales, envueltos en niebla y luz fría, transmiten una sensación de lugar vivido, casi tangible. Se agradece que la película apueste por una estética menos pulida y más orgánica, alejándose del brillo artificial tan habitual en la fantasía contemporánea. Aquí todo parece tener peso, materia, presencia.


El gran acierto está en el uso de efectos prácticos. Los ochi no son criaturas generadas por ordenador sin alma, sino seres físicos, con volumen, mirada y gestos. Esa decisión eleva muchas escenas y genera una cercanía emocional inmediata. Hay algo profundamente reconfortante en ver fantasía hecha a mano, con imperfecciones visibles que, lejos de restar, suman encanto. Es uno de esos casos en los que el trabajo artesanal cuenta más que el despliegue tecnológico. Sin embargo, esa riqueza visual no siempre se ve acompañada por un desarrollo narrativo igual de sólido. La relación entre Yuri y la criatura tiene momentos delicados y sinceros, pero se queda corta en profundidad. La película parece avanzar más por acumulación de escenas que por evolución emocional. Todo está bien planteado, pero rara vez se exprime hasta el fondo. Hay silencios que podrían decir más, conflictos que se resuelven demasiado rápido y emociones que apenas se insinúan antes de pasar a la siguiente secuencia.


Helena Zengel cumple como protagonista, aportando una mezcla de fragilidad y determinación que sostiene buena parte del metraje. Su personaje, no obstante, está escrito de forma algo esquemática, más definido por lo que hace que por lo que siente. Willem Dafoe, por su parte, aporta presencia y carácter, incluso cuando el guion no le da demasiado margen para desarrollar la complejidad de su figura paterna. Es uno de esos casos en los que se intuye un conflicto interesante que la película decide no explorar del todo. El ritmo tampoco juega siempre a favor. Hay tramos que se alargan innecesariamente y otros que pasan demasiado deprisa, como si el montaje no terminara de encontrar el equilibrio entre contemplación y avance narrativo. Esto provoca que la experiencia sea agradable, incluso envolvente por momentos, pero también algo irregular. Nunca llega a aburrir, pero tampoco logra ese punto de implicación emocional que convierte una buena película en una experiencia memorable.


En definitiva y resumiendo: LA LEYENDA DE OCHI es una obra cuidada y visualmente muy atractiva, con ideas interesantes y una ejecución irregular. Funciona mejor como experiencia sensorial que como relato plenamente desarrollado. Una película que se disfruta mientras dura, pero que deja la sensación de que, con un poco más de riesgo emocional y narrativo, podría haber sido algo realmente especial.