Hay adaptaciones de videojuegos que intentan parecer cine, olvidando por completo de dónde vienen. Y luego está SILENT HILL, que hace justo lo contrario: abraza su origen con una convicción tan poco habitual que, veinte años después, sigue siendo una rara avis dentro del género. Christophe Gans no solo entendió el material que tenía entre manos, sino que decidió respetarlo sin complejos, incluso cuando eso implicaba incomodar al espectador medio.
Rose es una joven madre, que trata de encontrar curación para su hija enferma. Incapaz de resignarse al diagnóstico de los médicos que proponen internarla de forma permanente en un centro psiquiátrico, Rose huye con su hija hasta llegar a una ciudad aparentemente desértica.


